Los que madrugan: una mañana de spotting en Torrejón el 12 de octubre


Cada 12 de octubre, mientras el desfile recorre Madrid, un grupo de aficionados a la fotografía de aviones entra en la base de Torrejón. Son spotters, y este año yo fui con ellos. De esa mañana nació este cuento.
Una mañana de spotting en Torrejón
Todavía no había amanecido cuando el extranjero eterno llegó a la pista. Nadie le había dicho que fuera tan temprano. Nadie lo dice nunca. Simplemente se sabe: la luz buena no espera a los que duermen.
Él no era un spotter. Era un fotógrafo al que le encantaban los aviones, y eso, en aquella pista, lo hacía apenas un aprendiz. Los spotters de verdad eran otros: los que llevaban décadas madrugando, los que conocían de memoria cada aeropuerto, cada matrícula, cada capricho del viento. Él los miraba con respeto, como se mira a quien sabe esperar mejor que uno.
Qué es un spotter
Un spotter no persigue aviones. Persigue un instante: la rueda que toca el asfalto, el morro que se levanta, esa pasada cercana que dura tres segundos y se paga con tres horas de espera. Es un oficio de paciencia disfrazado de afición. Ellos lo habían aprendido con frío, con viento, con lluvia y con niebla, durante años de horas enteras de nada.
Spotters de España, Italia y Alemania
Aquella mañana, en Torrejón, no hacía frío. Éramos unos 150, de las asociaciones AMMA y Aire, invitados a entrar. El sol salió de golpe y lo pintó todo de naranja. Un viejo avión de la Fuerza Aérea dormía al fondo, ajeno a todo. A un lado, un veterano apuntaba su teleobjetivo al cielo, sin prisa y sin dudas. Otros caminaban con sus chalecos, mirando a ningún lado y a todos, esperando lo mismo que él.
Había italianos, había alemanes, había españoles. No compartían idioma, pero se entendían sin esfuerzo: un gesto hacia el cielo, una sonrisa, un dedo señalando el horizonte. El extranjero eterno, que se sentía extranjero en todas partes, descubrió que allí no lo era. Allí todos hablaban el mismo idioma.
Levantó la cámara y disparó. No al avión. A ellos.

La espera después del paso de los aviones
Después, los aviones pasaron, rugieron y se fueron. Y al extranjero eterno no le quedó otra cosa que esperar, como le habían enseñado sin decir una palabra.
Dejó la mochila abierta, el sombrero sobre el equipo y el teleobjetivo a su lado, por si acaso. Se tumbó en el asfalto, con las manos sobre el pecho y los ojos cerrados al sol. Ya no tenía nada que apuntar. Solo tenía que escuchar.
Porque el cielo se oye antes de verse. Un zumbido lejano, un temblor en el aire, y el cuerpo se levanta solo, sin pedir permiso.
Siempre vuelven. Y eso lo saben mejor que nadie los que llevan años esperándolos.
Porque la foto no estaba en el cielo. Estaba en la espera.
Gustavo NovoMás fotografía en extranjeroeterno.es

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